Advertisement

El primer rugido ya como presidente dejó promesas fuertes, vacíos importantes y una advertencia clara sobre cómo piensa gobernar

Abelardo de la Espriella habló menos como candidato y más como jefe de Estado. Bajó el volumen del espectáculo, pero no abandonó su libreto. Seguridad, austeridad, empresa privada, regiones, meritocracia y ruptura con la “paz total” fueron los ejes de un discurso que buscó transmitir autoridad y orden. También dejó preguntas difíciles sobre ejecución, garantías institucionales y el costo real de varias de sus promesas.

El primer discurso de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia tuvo una rareza interesante. El hombre que ganó buena parte de su capital político con frases incendiarias, apodos, gestos teatrales y una comunicación construida alrededor de “El Tigre” apareció bastante más contenido.


No desapareció el personaje. Simplemente se puso corbata institucional. El discurso conservó prácticamente todo el ADN de su campaña, pero trató de convertirlo en lenguaje de Gobierno. Hubo religión, mano dura, defensa del empresariado, desprecio por buena parte de la política del gobierno anterior y promesas de reducir el Estado. Pero también aparecieron palabras menos frecuentes en campaña como institucionalidad, mérito, diálogo, descentralización y respeto por la oposición.


Eso probablemente fue deliberado. Gobernar exige algo más difícil que ganar aplausos. De la Espriella sabe que recibió un país políticamente dividido y que su victoria fue estrecha. Por eso intentó hablarle simultáneamente a dos públicos que no siempre quieren escuchar lo mismo. A sus electores les prometió que el Tigre sigue teniendo dientes. Al resto del país quiso decirle que, al menos por ahora, piensa mantenerlos dentro de la Constitución. La tensión entre esas dos versiones del presidente será posiblemente uno de los asuntos centrales de los próximos cuatro años.
Los seis mensajes que realmente importan

  1. La seguridad será la obsesión del Gobierno
    No hubo demasiadas sutilezas. De la Espriella ratificó que desmontará buena parte de la política de “paz total”, que no mantendrá negociaciones bajo las condiciones utilizadas por la administración Petro y que pretende recuperar órdenes de captura y aumentar la presión militar contra organizaciones armadas y narcotraficantes. También volvió sobre propuestas como megacárceles y penas más severas.
    Era previsible. La seguridad fue una de las razones fundamentales de su victoria.
    El problema comenzará cuando el eslogan tenga que convertirse en política pública. Decir “mano de hierro” es sencillo. Recuperar territorios donde confluyen narcotráfico, minería ilegal, extorsión, ausencia estatal y economías locales dependientes de la ilegalidad resulta bastante más complejo.
    La primera gran prueba será demostrar que autoridad no significa únicamente más operaciones militares, sino inteligencia, justicia efectiva, control territorial y presencia permanente del Estado.
  2. El Estado tendrá que adelgazar porque la caja no alcanza
    Uno de los anuncios más importantes y menos vistosos fue el fiscal. El presidente reconoció una situación delicada de las finanzas públicas y anunció medidas de contención y congelamiento del gasto estatal. También reiteró su intención de reducir burocracia y revisar estructuras administrativas. Aquí empieza una contradicción que será fascinante observar.
    De la Espriella promete menos Estado, pero simultáneamente propone más cárceles, más seguridad, programas sociales, expansión tecnológica, inversiones rurales, fortalecimiento militar y nuevas capacidades institucionales.
    Todo eso cuesta. El verdadero milagro de la llamada Patria Milagro no será anunciarlo. Será explicar de dónde saldrá el dinero sin desmontar servicios públicos esenciales, disparar el déficit o terminar proponiendo nuevos impuestos después de haber prometido menos carga tributaria.
  3. La economía girará nuevamente hacia el sector privado y los hidrocarburos
    El nuevo presidente hizo una defensa abierta del empresariado como generador de riqueza y empleo. También dejó clara su intención de modificar la política energética de Petro, recuperar exploración de hidrocarburos y abrir nuevamente la puerta al fracking, mientras promete una Ecopetrol administrada con criterios empresariales. Aquí hay una ruptura ideológica profunda con el gobierno anterior.
    Petro planteó acelerar la transición energética. De la Espriella parece dispuesto a pisar nuevamente el acelerador petrolero.
    Puede significar más ingresos fiscales y mayor inversión en el corto plazo, pero inevitablemente abrirá discusiones ambientales, consultas territoriales y conflictos sobre agua, emisiones y transición energética.
    El petróleo volvió. El debate climático también.
  4. La corrupción recibió una declaración de guerra que ahora puede convertirse en una trampa para el propio Gobierno
    De la Espriella prometió auditorías, persecución de recursos perdidos, meritocracia, convocatorias abiertas y nuevas tecnologías para controlar la contratación estatal. Su equipo de empalme ya había anunciado denuncias por presuntas irregularidades encontradas en la administración Petro. El mensaje vende muy bien. Pero también coloca la vara peligrosamente alta. Desde ahora cada nombramiento cuestionable, contrato sospechoso, aliado incómodo o recomendación política será comparado con esa promesa. Quien anuncia que va a cazar corruptos queda condenado a demostrar que tampoco protege a los propios. La anticorrupción suele ser maravillosa cuando los corruptos son los otros. El examen serio empieza cuando aparecen en casa.
  5. Las regiones entraron al discurso, pero descentralizar será mucho más difícil que trasladar ceremonias
    La decisión de posesionarse en Cali fue presentada como símbolo de descentralización y recuperación territorial. En el discurso volvió a prometer protagonismo para departamentos y municipios y una Presidencia menos encerrada en Bogotá.
    Es una idea políticamente potente para territorios que llevan décadas sintiendo que el Estado central solamente recuerda que existen durante elecciones, tragedias o consejos de seguridad.
    Pero aquí conviene separar símbolo de reforma.
    Descentralizar no consiste en mover una tarima presidencial de Bogotá a Cali.
    Significa transferir recursos, capacidad administrativa, decisiones, infraestructura y oportunidades reales a los territorios. Si en cuatro años los gobernadores y alcaldes continúan viajando semanalmente a Bogotá a peregrinar por ministerios buscando financiación, la descentralización habrá sido una puesta en escena muy bonita y poco más.
  6. Prometió autoridad, pero también garantías para quienes piensan distinto
    Quizás uno de los mensajes políticamente más importantes fue la reiteración de que la oposición tendrá garantías y que su Gobierno respetará la Constitución y las instituciones. No es una concesión menor. De la Espriella llega después de una elección muy polarizada, con una izquierda que cuestionó duramente su triunfo y que incluso decidió ausentarse de buena parte de la ceremonia de posesión. Durante la campaña, el propio presidente utilizó un lenguaje particularmente duro contra sus contradictores. Por eso sus palabras serán medidas con lupa.
    La verdadera prueba no será permitir críticas cómodas. Será tolerar marchas, investigaciones periodísticas, decisiones judiciales adversas, oposición parlamentaria y cuestionamientos públicos cuando su popularidad empiece inevitablemente a erosionarse.
    Ahí se sabrá si la “extrema coherencia” incluye también soportar la democracia cuando incomoda.
    Lo demás también importa
    El discurso incluyó referencias constantes a Dios y a la fe, propuestas relacionadas con educación sin lo que denomina “adoctrinamiento”, recuperación de valores cívicos, fortalecimiento del campo, programas para mujeres cuidadoras, protección animal, economía digital, cultura, infraestructura, salud y una política exterior que buscará recomponer relaciones estrechas con Estados Unidos e Israel. También planteó modificaciones a la justicia, críticas a mecanismos de justicia transicional y una visión energética mucho más favorable a la explotación de recursos naturales. Varios de esos planteamientos ya hacían parte de su programa electoral y de sus denominados “13 milagros”. Un discurso potente que ahora tiene que sobrevivir a la realidad .El discurso fue políticamente eficaz porque consiguió algo difícil. No traicionó al candidato que ganó las elecciones, pero intentó presentar al presidente que tendrá que gobernar a quienes votaron contra él.
    Tuvo claridad en seguridad y economía, símbolos contundentes y una idea bastante reconocible de país. Eso es una fortaleza.
    Pero también hubo promesas enormes acompañadas todavía por pocos detalles sobre financiación, tiempos, implementación y controles institucionales. Decir que se acabará el crimen, disminuirá el Estado, bajarán impuestos, crecerá la economía, habrá más inversión social y se recuperará rápidamente el territorio es una combinación magnífica para un discurso.
    Para un presupuesto nacional es bastante más incómoda. El presidente terminó prometiendo orden, autoridad y libertad.
    La frase suena bien. Los próximos meses dirán en qué orden coloca esas tres palabras cuando algún choque con las otras.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *