La instalación del nuevo Congreso no solo definirá quién dirigirá el Senado y la Cámara de Representantes durante el primer año legislativo. También pondrá a prueba la solidez de la coalición que acompañará al presidente electo Abelardo de la Espriella. En el centro del pulso está el Centro Democrático, que insiste en que las mesas directivas se elijan «a voto limpio».
A pocos días de la instalación del nuevo periodo legislativo, Alfredo Deluque, del Partido de la U., y David Barguil, del Partido Conservador, aparecen como los principales opcionados para asumir las presidencias del Senado y la Cámara de Representantes, respectivamente. Sin embargo, la definición está lejos de ser un simple trámite: detrás de la votación se libra una intensa disputa política que ha expuesto las primeras diferencias entre el uribismo y el gobierno que encabezará Abelardo de la Espriella.
Durante la última semana, el expresidente Álvaro Uribe elevó el tono al defender la aspiración del senador Honorio Henríquez, candidato oficial del Centro Democrático para presidir el Senado. Para el exmandatario, la elección debe resolverse mediante una votación abierta entre los congresistas y no a través de acuerdos políticos previamente definidos entre los partidos.
Las declaraciones de Uribe coincidieron con versiones sobre un entendimiento entre sectores de la coalición de gobierno para respaldar a Deluque, lo que el uribismo interpreta como un intento de desplazar a la colectividad que aportó una parte importante del respaldo parlamentario al presidente electo. En ese contexto, Uribe llegó incluso a advertir que, si el nuevo Gobierno pretende debilitar al Centro Democrático, el partido «tendrá que defenderse», una frase que alimentó las especulaciones sobre un distanciamiento entre ambas orillas.
El pulso no se limita al Senado. En la Cámara de Representantes, David Barguil habría logrado consolidar una mayoría que lo acerca a la presidencia de esa corporación, aunque la votación aún podría registrar movimientos de última hora. Si finalmente Deluque y Barguil resultan elegidos, el nuevo Ejecutivo iniciaría su mandato con las dos mesas directivas en manos de partidos aliados, pero no necesariamente del uribismo.
Más allá de los nombres, la elección será un termómetro político. Permitirá medir el verdadero peso del Centro Democrático dentro de la nueva coalición oficialista y mostrará hasta dónde está dispuesto el presidente electo a compartir el poder con el partido fundado por Uribe.
El desenlace también enviará un mensaje sobre la gobernabilidad de los próximos cuatro años. Una derrota del uribismo podría profundizar las tensiones internas que ya empezaron a hacerse visibles, mientras que una victoria de Honorio Henríquez demostraría que el Centro Democrático conserva capacidad para disputar los principales espacios de poder en el Congreso. El 20 de julio, más que elegir presidentes del Legislativo, el país conocerá cómo comienza a configurarse el equilibrio político del nuevo gobierno.

















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