El nuevo contralor llegó con 269 votos y apoyos que fueron desde el Centro Democrático hasta el Pacto Histórico. Su trayectoria le da conocimiento del Estado y distancia frente al Ejecutivo, pero deja abierta una pregunta más incómoda sobre su independencia frente al Congreso que impulsó su carrera y terminó eligiéndolo.
Jorge Eliécer Laverde Vargas no llegó a la Contraloría General como un desconocido que convenció al Congreso durante unas cuantas entrevistas. Llegó después de pasar cerca de 12 años dentro del Capitolio, conocer sus procedimientos, trabajar diariamente con senadores de distintas bancadas y construir una red política que terminó siendo decisiva cuando necesitó sus votos.
El resultado habla por sí solo. Obtuvo 95 votos en el Senado y 174 en la Cámara para un total de 269 respaldos. De 279 congresistas presentes, apenas diez no votaron por él. La elección puede interpretarse como una señal favorable de autonomía frente al nuevo Gobierno. Pero abre otra discusión igual de importante.
¿Puede ser independiente del Congreso un contralor cuyo principal capital político fue construido precisamente dentro del Congreso?
Una hoja de vida que va mucho más allá de la política
Reducir a Laverde únicamente a sus relaciones políticas sería injusto. Su hoja de vida es extensa y fue uno de los elementos que le permitió superar con solvencia el proceso de selección. Es abogado, doctor en Derecho y tiene dos maestrías, una en Gobierno del Territorio y Gestión Pública y otra en Administración de Negocios. Su formación incluye además especializaciones relacionadas con derecho constitucional, alto gobierno, planificación territorial, administración de la salud, gerencia financiera y gerencia empresarial. También ha desarrollado actividad académica, docente y publicaciones sobre derecho, gobierno y gestión pública.
Incluso existe un detalle biográfico que algunos perfiles han publicado de manera contradictoria. El registro de Función Pública señala a Villeta, Cundinamarca, como municipio de nacimiento, mientras su trayectoria política está profundamente ligada a La Dorada y Caldas, de donde proviene buena parte de su identidad pública.
Allí comenzó su carrera política. Fue concejal de La Dorada, posteriormente diputado de Caldas durante dos periodos y llegó a presidir la Asamblea Departamental. También pasó por la Procuraduría como procurador judicial antes de aterrizar en el Senado.
No fue el primero del concurso, pero sí el mejor en conseguir votos. El mérito académico explica por qué Laverde estaba en la competencia. No explica por sí solo cómo terminó arrasándola.
Los resultados oficiales permiten hacer una distinción importante. En la prueba de conocimientos obtuvo 88 puntos, por debajo, entre otros, de Carlos Mario Zuluaga, que alcanzó 98. En el consolidado de conocimiento, formación y experiencia, Laverde quedó tercero con 65,35 puntos, detrás de Luis Enrique Abadía, con 69,05, y Andrés Castro, con 65,75. Es decir, el concurso lo puso entre los candidatos fuertes. La política hizo el resto.
Hasta pocos días antes de la elección no era inevitable que Laverde fuera contralor. Andrés Castro y Carlos Mario Zuluaga tenían posibilidades reales y Abadía había encabezado la valoración consolidada. Pero en la recta final Laverde hizo algo que conoce especialmente bien después de más de una década en el Legislativo. Construir mayorías. El propio nuevo contralor reconoció después de su elección que las visitas individuales a congresistas hicieron parte fundamental de su estrategia.
Doce años de relaciones terminaron convertidos en 269 votos
La Secretaría de la Comisión Sexta no es una oficina perdida dentro del Congreso. Por esa célula pasan asuntos de transporte, infraestructura, telecomunicaciones, tecnología, servicios públicos, educación, cultura y turismo. Durante aproximadamente 12 años Laverde acompañó allí a senadores de gobiernos, partidos y generaciones diferentes.
Su permanencia durante tres periodos consecutivos demuestra algo políticamente relevante. Laverde aprendió a sobrevivir a los cambios de mayorías. Ese conocimiento terminó convirtiéndose en su principal ventaja. En los últimos días aparecieron como articuladores de su candidatura dirigentes liberales como Simón Gaviria y Lidio García. Primero se consolidó un bloque con liberales, conservadores, Cambio Radical, La U y Centro Democrático. Después se sumaron otras organizaciones y finalmente el Pacto Histórico terminó respaldándolo también.
El resultado fue extraordinario. Dos fuerzas que difícilmente coinciden políticamente, el Centro Democrático y el Pacto Histórico, terminaron marcando el mismo nombre en el tarjetón. Laverde no solamente consiguió votos. Consiguió que casi nadie quisiera aparecer como su adversario.
Una vieja sombra en el inicio de su carrera en el Senado
La llegada de Laverde al Capitolio también tiene una historia controvertida. El fallecido exsenador liberal Mario Castaño, posteriormente condenado por la red de corrupción conocida como Las Marionetas, publicó en 2014 que gracias a su gestión Laverde había llegado a la Secretaría de la Comisión Sexta. Laverde ha negado haber sido cercano a Castaño y sostuvo posteriormente que quien le ayudó fue Antanas Mockus.
Vorágine también documentó otros cuestionamientos alrededor de esa etapa. Entre ellos, un contrato de la Comisión Sexta entregado a Nicolás Cifuentes, amigo cercano de Laverde, cuya supervisión quedó precisamente en cabeza del entonces secretario. El medio igualmente revisó la contratación de la esposa de Laverde en MinTIC mientras él ocupaba la secretaría de la comisión encargada, entre otros asuntos, del sector de tecnologías. Laverde rechazó que existiera una actuación irregular o que esos hechos fueran producto de influencias políticas.
Estos antecedentes no equivalen a una condena ni permiten atribuirle responsabilidad penal. Pero sí forman parte del escrutinio necesario para quien ahora tendrá una de las mayores responsabilidades anticorrupción del Estado.
Independiente del Gobierno no significa independiente de la política
Aquí aparece la paradoja central de su elección. El Gobierno de Abelardo de la Espriella presentó públicamente el resultado como una decisión autónoma del Congreso. El ministro del Interior, Rodrigo Lara, celebró precisamente esa independencia. Varias reconstrucciones periodísticas coinciden en que el Ejecutivo evitó imponer directamente un candidato. Otras versiones atribuyen al propio Lara algún grado de interlocución durante la construcción de las mayorías. No hay elementos públicos suficientes para afirmar que el Gobierno dirigió la elección.
Eso puede convertirse en una fortaleza. Un contralor que no deba su elección al presidente tiene mejores condiciones políticas para fiscalizar al Ejecutivo. Pero esa independencia tiene otra mitad que será mucho más difícil demostrar. Laverde debe probar que tampoco pertenece a quienes lo eligieron. La preocupación no es abstracta. La Contraloría no solamente vigila ministerios, gobernaciones y alcaldías. La Cámara de Representantes también es auditada por la Contraloría General, incluso en contratación, ejecución presupuestal y manejo administrativo.
No existe evidencia pública que permita afirmar que Laverde prometió puestos, tratamientos favorables o decisiones a cambio de los 269 votos. Tampoco sería serio asegurar que llega a pagar favores solo porque hizo lobby entre congresistas. Pero una votación tan abrumadora sí crea una obligación política extraordinaria. Cada nombramiento en la Contraloría, cada contraloría delegada, cada auditoría sensible y cada decisión que involucre intereses de congresistas será examinada bajo una pregunta inevitable.
¿Está actuando el contralor de la República o el hombre que durante 12 años aprendió a convivir con quienes finalmente lo llevaron al cargo? Laverde ya ganó la elección más difícil de su carrera. Ahora empieza otra.
Demostrar que conocer a casi todo el Congreso fue la herramienta para llegar a la Contraloría y no una deuda que deba pagar desde ella.















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