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El campo pone 4 de cada 10 nuevos ocupados, pero más del 80% trabaja en la informalidad

La ruralidad aportó 238.000 de los 578.000 ocupados adicionales que registró Colombia en julio. El contraste es fuerte porque, al mismo tiempo, el sector agropecuario perdió 204.000 puestos de trabajo.

El buen dato de empleo que Colombia registró en julio tiene buena parte de sus raíces fuera de las grandes ciudades. De los 578.000 ocupados adicionales frente al mismo mes de 2025, unos 238.000 aparecieron en centros poblados y zonas rurales dispersas. En otras palabras, más de cuatro de cada diez nuevos ocupados provinieron de la ruralidad.


Esa dinámica ayudó a que el desempleo nacional bajara de 8,8% a 8,1%, mientras en las zonas rurales la tasa cayó con mayor fuerza, de 6,9% a 5,4%.


Pero el dato viene acompañado de una paradoja.


Más trabajo, menos agro


Mientras aumentó la cantidad de personas ocupadas en la ruralidad, agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca perdieron alrededor de 204.000 trabajadores en un año. El sector quedó con unos 3,23 millones de ocupados, una reducción cercana al 6%.
No es una contradicción estadística.

“Empleo rural” identifica dónde vive o trabaja la población analizada, mientras el empleo agropecuario corresponde a una actividad económica específica. En las zonas rurales también existen puestos en comercio, construcción, transporte, servicios, administración pública y otras ramas.


El problema aparece al mirar la calidad del empleo.


La informalidad en centros poblados y rural disperso continúa por encima del 80%. El dato de mayo-julio citado con base en las cifras del DANE la sitúa en 82,5%. Como referencia, el informe oficial inmediatamente anterior, correspondiente a abril-junio, la ubicaba en 83,2%, frente a 54,5% para todo el país.


Así, el campo está ayudando a empujar hacia abajo el desempleo, pero la celebración tiene límites. Encontrar alguna ocupación no significa necesariamente conseguir un empleo formal, estable o con protección social. La fotografía de julio muestra precisamente esas dos Colombias laborales. Una ruralidad capaz de absorber trabajadores con rapidez y, al mismo tiempo, un mercado donde más de ocho de cada diez ocupados siguen moviéndose en la informalidad.

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