Lluvias extremas, sequías prolongadas, olas de calor, incendios forestales y pérdidas millonarias. La comunidad científica sigue de cerca el rápido calentamiento del océano Pacífico porque podría dar paso a uno de los eventos de El Niño más intensos de las últimas décadas. Pero, ¿qué significa realmente y por qué debería importarnos?
Cada cierto tiempo, el océano Pacífico cambia el rumbo del clima mundial.
No hace ruido. No produce terremotos. No aparece de un día para otro. Sin embargo, cuando ocurre, puede provocar inundaciones devastadoras en unos países, sequías históricas en otros, incendios forestales, pérdidas agrícolas, escasez de agua y olas de calor que rompen récords.
Ese fenómeno se conoce como El Niño, y hoy vuelve a encender las alarmas de la comunidad científica. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que las condiciones de El Niño ya comenzaron a desarrollarse y advirtió que existe una alta probabilidad de que el fenómeno se fortalezca durante los próximos meses, aumentando el riesgo de eventos climáticos extremos en distintas regiones del planeta.
Un océano que cambia el clima del mundo
El Niño ocurre cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial se calientan más de lo normal. Ese aumento de temperatura altera la circulación de los vientos y modifica el comportamiento de las lluvias y las temperaturas en buena parte del planeta. En términos sencillos, es como si el océano moviera las fichas del clima mundial. Mientras algunos países reciben lluvias mucho más intensas de lo habitual, otros enfrentan meses de sequía.
También aumentan las probabilidades de inundaciones, deslizamientos, incendios forestales, pérdidas de cultivos y olas de calor.Su contraparte es La Niña, que se produce cuando esas mismas aguas se enfrían por debajo de lo normal y suele generar efectos climáticos opuestos.
¿Qué es un «Super Niño»?
Aunque en los últimos meses numerosos medios han comenzado a hablar de un posible «Super Niño», la propia Organización Meteorológica Mundial advierte que ese no es un término científico oficial. La clasificación reconocida internacionalmente solo distingue eventos débiles, moderados, fuertes y muy fuertes.
Sin embargo, muchos investigadores y divulgadores utilizan la expresión «Super Niño» para describir episodios excepcionalmente intensos, como los registrados en 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016, que provocaron enormes pérdidas humanas y económicas en distintas partes del mundo.
Las proyecciones más recientes de la NOAA indican que existe una probabilidad cercana al 81 % de que el actual evento alcance la categoría de muy fuerte entre octubre y diciembre, un nivel comparable con algunos de los episodios más intensos registrados desde 1950.
¿Qué podría significar para Colombia?
En Colombia, los efectos nunca son exactamente iguales, pero la historia ofrece varias pistas. Los eventos intensos de El Niño suelen traducirse en menos lluvias, disminución de caudales en ríos y embalses, aumento de incendios forestales, afectaciones al abastecimiento de agua, pérdidas agrícolas y temperaturas superiores a lo normal en amplias zonas del país.
Paradójicamente, algunas regiones también pueden experimentar lluvias extremas debido a la interacción de El Niño con otros sistemas atmosféricos, razón por la cual los expertos insisten en que ningún territorio debe asumir que el fenómeno producirá un único efecto.
La mejor herramienta sigue siendo prepararse
Más allá del nombre que finalmente reciba el fenómeno, el mensaje de la comunidad científica es claro. No se trata de generar alarma, sino de anticiparse. La Organización Meteorológica Mundial, la NOAA y numerosos centros de investigación coinciden en que los sistemas de alerta temprana, la planeación del uso del agua, la protección de cultivos, la prevención de incendios y la preparación de los organismos de emergencia serán determinantes para reducir los impactos de un evento que podría marcar el clima de los próximos meses.
Porque cuando el Pacífico comienza a calentarse, el cambio no ocurre únicamente en el océano. Tarde o temprano, termina sintiéndose en los campos, las ciudades, los ríos… y también en la vida cotidiana de millones de personas.













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